La balanza comercial del T-MEC suele resumirse con una cifra: México vende a Estados Unidos muchos más bienes de los que compra. En 2025, el comercio estadounidense de mercancías con México alcanzó 872 mil 800 millones de dólares; las importaciones desde México fueron de 534 mil 900 millones y las exportaciones estadounidenses sumaron 338 mil millones. El resultado fue un déficit de bienes para Estados Unidos cercano a 196 mil 900 millones.
Desde esa perspectiva, México parece ser el principal beneficiario. El superávit sostiene empleo manufacturero, entrada de divisas y actividad industrial. Además, cerca de 83.9 por ciento de las exportaciones mexicanas no petroleras se dirigieron al mercado estadounidense entre enero y mayo de 2026, una concentración que confirma la importancia del vínculo.
Pero el saldo bilateral no cuenta toda la historia. Una parte relevante de los productos mexicanos incorpora insumos, tecnología, servicios, financiamiento y propiedad intelectual de empresas estadounidenses. Estados Unidos también registra un superávit en servicios con México y sus consumidores reciben bienes competitivos dentro de cadenas regionales.
La integración beneficia a ambos países de manera distinta: México gana capacidad exportadora y empleos; Estados Unidos fortalece cadenas de suministro cercanas, empresas proveedoras y acceso a manufacturas. Canadá completa el sistema con energía, alimentos, materias primas y tecnología.
El mayor riesgo para México es confundir superávit con autonomía. La elevada dependencia de un solo mercado lo hace vulnerable a cambios regulatorios y ciclos estadounidenses. El verdadero éxito del T-MEC debe medirse por el contenido regional, los salarios, la innovación y la creación de proveedores locales, no sólo por quién vende más en la frontera.
Fuentes: USTR e INEGI.

